
La frustración...
- Gabriela Velazquez
- Mar 22
- 5 min read
Cuando empecé la planeación de mi viaje sabía que habría momentos difíciles. Es la primera vez que hago un viaje de este estilo, aunque haya viajado de mochila antes, usualmente el movimiento es entre ciudades en tren, bus o avión. Pero ahora, el movimiento implica desplazarme caminando, cargando con una maleta, que por más ligera que traté de hacerla, no lo logré muy bien.
Mi primer reto llegó al día 2. Si consideramos que la idea es realizar este viaje en 2-3 semanas, el primer reto llegó al 9-14% del camino. Creo que es un buen porcentaje, también porque sino no tendría mucho que escribirles durante estos días, o tanto por reflexionar y mejor me regreso a mi casa.
En fin, el día 1 fue bastante retador. En total, recorrí cerca de 22 km. Llegué al hospedaje cansada, mis pies me pedían no moverse más. El hospedero acababa de llegar del hospital, por lo que no había nada preparado para la cena o el desayuno. Afortunadamente, también se hospedaban dos señoras con quiénes me junte para cocinar algo, y ellas fueron al super a comprar mientras yo me bañaba.

Estoy planeando el viaje "un día a la vez", y mientras hablaba con una de las señoras, le llamaremos Agnes, salió la idea de ir más allá de Soto de Luiña, llegar hasta Novellana. La idea no me parecía mala, de Muros a Soto eran 17km, ¿qué eran un par de kilómetros más?

A Agnes me la había encontrado en el trayecto de Avilés a Muros, pasando Piedras Blancas, por lo que sabía que era rápida en su caminata. Me desperté, tomé un desayuno ligero y empecé el trayecto, tratando de adelantarme un poco al paso de Agnes, quién seguramente me alcanzaría en el camino.

Seguí avanzando, algo que he aprendido de tantas carreras es que no hay que compararse con nadie más que con uno mismo. Agnes podría ser más rápida que yo, pero el camino cada uno lo hace a su ritmo.
Llegué a un lugar que se veía ideal para descansar, ahí fue donde me encontré con la segunda señora, Regina.

De ahí, faltaban 8 km hasta Soto de Luiña. Seguí el camino, pero ya me estaba empezando a pesar cada paso. Mis pies me reclamaban, y empecé a pensar qué era lo que me motivó a hacer este recorrido. Las palabras de una amiga llegaron a mi mente: "piensa en tu intención". Era un excelente consejo, si tan solo tuviera claro cuál es mi intención. Hay varias razones por las que decidí emprender este viaje, pero ahora no es el momento para enlistar los, seguiré guardando eso para mí.
La idea era tener una motivación interna. Llegar a un lugar y descansar era mi motivación. Había leído que el camino del norte tenía pocas paradas, que uno debía de cargar comida y bebida ya que no había tantos pueblos cercanos en la ruta. En el mapa parecía lo contrario, se veían varios puntos para ir avanzando, pero o gran decepción cuando vas avanzando y viendo que es solo un "poblado", traducido a: aquí hay 3-4 casas.
Llegué a Soto de Luiña, ¡finalmente! Lo más importante en el momento era encontrar un lugar para sentarme y comer algo. Obvio también pedir una cerveza.

Para este punto ya andaba usando la batería de reserva. Decidí que buscaría los albergues de la zona y me quedaría ahí. Estaba muy cansada y lo mejor era ya no seguir, aunque solo fueran unos cuantos kilómetros (7, nada más...)
El albergue que me esperaba en Novellana ya sabía que no llegaría, pero el albergue de Soto no respondía al WhatsApp. Estaba a unos metros así que fui hasta allá.

El albergue era una escuela antigua. Se veía medio descuidado, pero por €10 la noche, no esperaba mucho. Fui a preguntar y aparentemente estaba cerrado. Digo aparentemente porque hoy, un día después de lo acontecido, recibí un mensaje del lugar indicando que la entrada es por el lado derecho, no izquierdo.
En ese momento, la frustración me invadió. Me sentí ahrbdnrhsjake. En otras palabras, estaba muy frustrada. Quería descansar, no quería seguir por 8 km más, 2-3 horas caminando con los pies que me pedían a gritos que descansará.
Claro, había otras opciones: buscar un taxi, buscar un hotel, llorar jeje. La verdad es que en esos momentos, la última opción sonaba más fácil. Pero había un plan, y aunque la alternativa de quedarme en Soto me había distraído un poco del plan inicial, cambiar ese plan me parecía demasiado complejo. Si, más complejo que buscar las otras alternativas.

Seguí avanzando, en el trayecto encontré este verso, la canción al peregrino. Escuché la canción, debería ser algo motivadora. De ahí, me seguí con mi playlist, música que uso cuando estoy en carreras.
La incomodidad seguía presente, decidí poner algo de música que me animara, la misma playlist que pongo en las carreras. El sonido de la naturaleza me había acompañado gran parte del viaje, pero este momento era un momento decisivo, un momento "Eye of the Tiger".

Mientras caminaba, pensaba en aquellas veces que las cosas se complican. Los pies me dolían. Seguro ya tendría más de una ampolla.
¿Qué me había orillado a experimentar semejante martirio?
Daba gracias que no caminaba con alguien a mi lado, en ese momento andaba insoportable, no me aguantaba ni yo misma. "No es para tanto", me pudieron haber dicho. "Hay quiénes caminan con ampollas en los pies, es parte del camino".
Me acordé del Pescado de Moctezuma, la carrera que corrimos en equipo desde Veracruz hasta Teotihuacan. 200 km en carreras de relevos, una de las personas de mi equipo tenía ampollas en los pies, obtenidas el primer día de carrera. Para el segundo día, le pasamos las ruta de 4 km, para que no corriera tanto. Para sorpresa de todos, la ruta había sido modificada y fueron 10 km. No sólo corrió los 6 km adicionales, íbamos en penúltimo lugar y rebasó a un par de equipos. Fue muy impresionante para mí, y bastante admirable.

No he logrado concebir la idea de que yo haría algo así. No me han salido ampollas en las carreras, no se me han caído las uñas de los pies en los maratones. La vez que me lastimé la rodilla seguí corriendo porque mi papá iba a mi lado y no quería que me dijera que mejor parara. Corrí hasta que lo dejé atrás. Me inyectaron ketorolaco y seguí, con algunas molestias, pero nada comparado con este momento que experimentaba ahora.
No tenía algo que calmara mi dolor. La ilusa de mí pensaba que sería una excepción, no una estadística más. O tal vez que las ampollas vendrían más adelante.
Eran siete kilómetros, aunque había muchas opciones, para mí, en ese momento, la única opción era seguir.
Pensaba en los Aristogatos, en Marie cuando le dice a su mamá que está cansada. Cuántas veces fui esa gatita, diciéndole a mi mamá que ya no podía. Mi niña interna estaba cansada, estaba molesta, estaba haciendo berrinche. Le tocaba a mi "yo" adulta tomar el control. "Después de esto descansamos", me repetía.

Llegué a Novellana pero el albergue estaba a un kilómetro más. ¿Taxi? - ¿Dónde? No había nada, tenía el teléfono de los taxis pero no tengo una SIM para hablar por teléfono. A seguirle, afortunadamente ya era sobre la carretera.

Sentía cómo arrastraba los pies, me pesaban. Seguía frustrada, hasta ahora, ha sido el momento más frustrante del camino. ¿Vendrán más? Probablemente, apenas estoy iniciando. Pero sentada en Luarca, finalizando mi relato, pienso en todo lo que pasó por mi cabeza en ese momento, y cómo a pesar de todo, decidí seguir adelante. El motivo: quiero terminar el camino, quiero llegar a Santiago de Compostela en este viaje; más allá de ser algo que dije que haría. Pareciera orgullo, pero es más determinación.
He logrado muchas cosas que me he propuesto, y estoy segura que está experiencia será una más añadida a la lista. Si, fue frustrante, pero fue un momento con mi niña interior, un momento de reflexión donde, de cierta forma, me enfrente a mis demonios y salí adelante. Y ahora, ¡a seguir!



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