Iniciando la etapa a pie
- Gabriela Velazquez
- Mar 27
- 3 min read
"Llegando a Avilés empiezo a caminar". Esa era la frase que terminaba la explicación que les daba quién preguntara cuál era mi ruta. Fui armando mi itinerario de a poco, lo primero fue comprar el vuelo. Afortunadamente, viajo con cierta regularidad, lo que me dió la opción de volar desde Los Angeles a Madrid. Lo siguiente era planear cómo llegar a Los Angeles (la parte fácil pues es un camino que tengo armado) y qué hacer en Madrid. De ahí, tendría que definir qué ruta quería tomar (son 5 rutas las oficiales), y desde qué punto salir.

Decidí llegar a Avilés y empezar desde ahí. Reservé un hotel, lo había pensado como "mi última noche de comodidad" antes de empezar a alojarme en albergues. En Avilés compraría lo últimos necesario para el viaje, entre ellos, mi credencial y concha de peregrino.

El día llegó y me desperté, llena de energía e ilusiones. Emocionada por los ~340 km que recorrería hasta llegar a Santiago de Compostela.

Empecé a caminar, atravesé todo Avilés pues al parecer el hotel donde me había quedado, estaba en un pueblo vecino. La ruta empezaba algo difícil, con una subida pronunciada para salir del pueblo.
Llegó el primer descanso, en Piedras Blancas. Aproveché para tomar un café y un bocadillo antes de seguir andando. Tenía la idea de ir comprando postales a lo lago de mi camino para ir enviándome, algo así como un recuerdo para después. Pero no había lugares abiertos en Piedras Blancas. Seguí avanzando y fui descubriendo que los lugares indicados en el mapa eran más poblaciones que realmente algún tipo de pueblo con cafés, restaurantes o bares.

En el camino me pasaron 4 peregrinos, una pareja y dos alemanas. En algún punto me los volví a encontrar, mientras decidíamos cuál dirección tomar en una bifurcación. Pero avanzaron rápido y las perdí en la distancia. Seguí avanzando, viendo hermosos paisajes. Las vistas reemplazarán en alguna medida la falta de pueblos a visitar, tal vez llegando a Muros podría explorar un poco el pueblo y conseguir una postal para enviarme, cómo un souvenir de mi experiencia.

Me acercaba al albergue que había reservado la noche anterior, en Muros de Nalón. La hospedera me había dicho que me podría recibir después de las 3pm y si seguía andando llegaría mucho antes, por lo que decidí esperar a que fuera la hora indicada en el pueblo anterior a Muros: Soto del Barco. Igual tuve oportunidad de ver el castillo, lo más cerca que pude, sin entrar al lugar.

Después de comer unas croquetas, seguí avanzando hacia el albergue: La Naranja Peregrina. Faltaba ya poco y mis pies habían comenzado a dolerme, me sentía fatigada pero emocionada de seguir avanzando para llegar al albergue. La verdad es que para ese momento, dudaba salir al llegar. Lo único que quería era descansar para salir al día siguiente muy temprano.

Al llegar me encontré con una de las alemanas que ví en el camino. Ella y otra alemana ya estaban instaladas ahí. La hospedar me recibió con mucho calor de hogar, pero con la mala noticia de que no podrían atendernos como acostumbran ya que si esposo había estado en el hospital y necesitaba reposo.

Las alemanas fueron increíbles, me ofrecieron ser parte de la cena de esa noche, la idea era comprar las cosas en el súper y hacer alguna pasta, tomar un vino y disfrutar. Me enteré de su plan de viaje, de la siguiente ciudad a la que llegarían y decidí unirme al plan. Una de ellas reservó el albergue, nos aseguramos de que todas sabían cuál era y que nos veríamos allá, ya que cada una iba a su paso.

El primer día me había dejado exhausta, pero un buen descanso me ayudaría a seguir avanzando; me iría acostumbrando al ejercicio y el dolor de los músculos iría bajando de a poco. Me sentía como me he sentido después de correr medio maratón, y justo había hecho la misma distancia pero entre montañas y cargando una maleta.
El plan estaba en marcha: llegar a Avilés y de ahí ir viendo. Todo dependería de cómo me fuera sintiendo a lo largo del recorrido, hasta ahora, me sentía cansada pero bien, con ganas de seguir andando.

Ya mañana será otro día, pensé. Incluso sabiendo lo que sé ahora, haría lo mismo. Tal vez me tomaría más tiempo para desayunar algo sustancioso, pero no les voy a decir que haría las cosas diferentes ya que gracias a ese día de frustración es que tuve mi primer lección del camino.



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